Ideario

La historia del A Bao A Qu, narrada por Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero en El libro de los seres imaginarios (1967), como todos los grandes relatos, puede leerse como parábola de muchas otras historias. Entre ellas, la de quien, ansioso y temeroso de compartir un tesoro, se dedica a eso que ha venido en llamarse “educación artística”. También él espera la oportunidad de acompañar al eventual visitante en ese recorrido que le permitirá divisar un paisaje maravilloso; también él cobra vida y se ilumina a lo largo del camino. Del paisaje está seguro: si el visitante alcanza a verlo quedará cautivado. A diferencia del A Bao A Qu, sin embargo, carece de escalera. Tiene que construirla. Y no es tarea fácil. Sobre todo porque su posterior recorrido dependerá en gran medida de que los peldaños estén bien asentados: al visitante no se le puede hundir el pie en ninguno de ellos; también hay que evitar que sean demasiado altos para sus a veces cortas, a veces demasiado cansadas, a veces simplemente indolentes piernas.

No hay reglas precisas para la construcción de la escalera. Cada cual tiene que imaginar las suyas, que irán condensando en un “estilo”, un modo de hacer. A nosotras nos han acompañado y guiado algunas palabras. Las apuntamos.

Atrevimiento

“Atreverse” proviene etimológicamente de treverse: “confiar en algo”.

Taller

La palabra taller remite en primera instancia a un espacio. Un lugar poblado de elementos más o menos diversos o dispares, en el que todo está siempre aún por suceder. El taller es el espacio en el que la creación, en sus múltiples formas y modos, es posible. Es también el lugar del ensayo, de la experimentación, del trabajo y del deleite. Finalmente, en especial para la modernidad, el taller es también un espacio íntimo, propio, el lugar en el que el artista se siente como en casa.

Experiencia

La experiencia no queda almacenada en un lugar de la memoria, sino que impregna nuestro modo de ser: el modo en que habitamos el mundo.

El arte no puede ser algo interesante, ni siquiera algo importante. El valor del arte reside en ser algo vital, algo que transforma nuestra vida y, por lo tanto, nos transforma. Esta premisa tiene que estar siempre en la base de cualquier actividad que pretenda hacer transmisión del arte. Hay que lograr que los talleres sean mucho más que un espacio lectivo, que sean justamente eso: un espacio para la experiencia.

Creación

Una de las grandezas del arte es que nos devuelve a nuestra condición de sujetos. En los tiempos que corren (nunca mejor dicho), en muy pocas ocasiones se les presenta a los niños y jóvenes la oportunidad de ser sujetos. El arte debe obligarlos a ello. En algunos casos, precisamente ahí reside la mayor dificultad: resulta fácil olvidarse de la propia capacidad de hacer. Es más fácil, y en demasiadas ocasiones la escuela lo facilita o incluso lo promueve aún más, ser recipiente, contenedor, que ser agente, elemento activo y creativo.

Crear muchas veces da miedo. El mayor logro de quien se hace transmisor residirá justamente en su capacidad de asentar las condiciones de posibilidad que despierten el deseo de crear. El anhelo es esencial.

Exposición

El arte no se deja consumir –ni es mero objeto de consumo ni se extingue–. Por eso, una verdadera iniciación al arte pasa por la impregnación. Y ese es precisamente el papel, fundamental e imprescindible, que debe jugar la transmisión.

Si de verdad creemos en el arte, tenemos que creer en su poder. ¡Limitémonos a exponer a los niños y los jóvenes al arte! Aprovechemos y disfrutemos, además, la ventaja de que sus pieles son aún muy sensibles a sus luminosos rayos... El arte dejará su marca.

Ahora (y sólo lo mejor)

Especialmente en el ámbito de la educación artística, a menudo el temor nos hace caer en la trampa del “paso previo”. Muchas veces se retrasa el momento de presentar lo verdaderamente grande. “Los chicos aún no están preparados”, “no les va a gustar”, “no están acostumbrados a este tipo de películas (o de música, o de espectáculo o de literatura...)”, etc. La lista de expresiones retardadoras es inmensa. Y la reacción suele ser la de “empezar” con algo que les resulte más “próximo”, la de optar por ir dando, poco a poco, pasitos pequeños para que quizás un día se pueda llegar a lo más alto. Pero tenemos el deber de preguntarnos si no estamos desperdiciando un tiempo precioso. Si un chico o una chica pueden disfrutar con Mozart, Paul Klee, Jean Vigo o Kafka ¿por qué mostrarles cosas que hasta nosotros mismos consideramos menores cuando no banales? El tiempo pasa volando y, a menudo, se lleva con él las oportunidades. La vida es demasiado breve para perder el tiempo con “pasos previos”. ¡Dediquémonos a lo mejor, a lo que por sí mismo, ahora y en cualquier momento, es valioso!

Alborozo

Queremos que el arte llegue a los chicos, que les diga algo, pero a menudo les exigimos que lo reciban en silencio. Normalmente las instituciones, y entre ellas también las escuelas y los museos, rehúyen las grandes efusiones: la algarabía, el desorden, el regocijo resultan incómodos. Lo vemos en cantidad de “visitas guiadas” que más que estimular el deseo, adormecen hasta al más despierto.

También quien pretende hacer transmisión del arte tiene que estar dispuesto a exponerse a lo que tenga que advenir. Entregamos a los chicos unas condiciones para su trabajo, los enfrentamos a una obra, los animamos a que participen de la creación artística. Dejemos después que la mezcla explote como tenga que suceder: el arte y la creación no son controlables. Dejemos que discurran libremente, que estallen en múltiples direcciones, que los universos de cada cual circulen, choquen, se encuentren, se desorbiten, que las mentes salten y bailen, cada cual a su ritmo. Este será nuestro mayor logro.

Proyecto

Una propuesta de pedagogía de, con y a través del arte debe generar un movimiento, unir un aquí (y ahora) con un allí; como el deseo, como la imaginación. Debe mantener y amplificar su condición de “proyecto”: convocar lo que aún no se sabe y lo que se sueña, ser trazo y a la vez impulso (reflejar, vincular, hacer visible). Como la emoción, debe ser movimiento e iniciarlo.

La potencia de una actividad de creación artística no se mide en resultados y eficiencia,  sino por el número de  deseos, expectativas y aspiraciones que pone en movimiento, por su capacidad de proyectar(se).